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Reflexión · Salud hormonal

¿Cuánto te estás gastando al mes en seguir igual de mal?

Por María Yenes · Dietista-nutricionista integrativa · Experta en salud hormonal, ciclo y fertilidad

El suplemento de magnesio que viste en Instagram: 20€. El Omega 3 que te recomendó una amiga: 25€. Un libro de nutrición que tienes a medias en la mesilla: 20€. Netflix: 13€. Un e-book de menopausia: 20€. Aceite esencial de lavanda para dormir: 10€.

Unos 110€ al mes en cosas que están muy bien pero que no te están resolviendo nada.

Ahora dime: ¿cuánto ha mejorado todo esto tu calidad de vida?

Hay un patrón que veo repetido en consulta y que ya no me sorprende pero sigue cabreándome: la mujer que sabe más de hormonas que su médico de cabecera, que se esfuerza en informarse, que se autopauta protocolos sacados de cinco fuentes distintas que se contradicen entre sí... y que lleva dos años igual o peor.

No es falta de información. Es exceso de ella sin ningún criterio clínico.

Y sin embargo, cuando le propones una consulta individualizada, aparece la duda. "Es que ahora mismo no puedo." "A ver si mejora la cosa." "Voy tirando."

Tirando… Con tu ciclo. Con tu sueño. Con tu digestión. Con ese cansancio que no se va. Con el acné que vuelve. Con los kilos que aparecen sin que hayas cambiado nada. Tirando.

Hablemos de lo que significa "tirar" de verdad

No dormir bien no es solo un inconveniente. Es un deterioro progresivo del sistema inmune, de la regulación del cortisol, de la sensibilidad a la insulina y de la salud mental. Llevas meses o años funcionando en modo supervivencia y lo has normalizado.

No ovular no es solo un problema si quieres quedarte embarazada. Es una señal de que tu cuerpo no tiene los recursos suficientes para completar uno de sus procesos más complejos. Sin ovulación no hay progesterona. Sin progesterona no duermes, no te calmas, te inflamas, engordas sin comer de más y no entiendes por qué. Y encima te dicen que es estrés.

No saber por qué estás mal es quizás lo más agotador de todo. Ir al médico y que te digan que la analítica es normal cuando tú sabes que algo no va. Que te miren como si estuvieras exagerando. Que te receten ansiolíticos para síntomas que tienen una explicación perfectamente identificable si alguien se molesta en buscarla.

Eso tiene un coste enorme en calidad de vida, productividad, relaciones, autoestima. Un coste que no aparece en ninguna factura pero que lo estás pagando cada día.

El dinero que no te gastas en ti no desaparece. Se va a otra parte.

Se va en suplementos sin analítica previa que igual no necesitas o que tomas en dosis incorrectas. Se va en dietas que no tienen en cuenta tu estado metabólico ni si tienes resistencia a la insulina. Se va en cursos online de bienestar que te dan información general que tú intentas aplicar a un cuerpo muy específico: el tuyo.

Parece que estás invirtiendo en ti, pero no.

Y mientras tanto, al pediatra vas. Al dentista vas. Al psicólogo de tu hijo, también. Porque eso no se discute, eso no se pospone.

¿Y tú?

Vamos a hacer más números, porque a veces hay que verlo escrito para que duela lo justo.

La mutua privada que tienes contratada: entre 50 y 100€ al mes. Doce meses al año. Una pasta. Y cuando vas, te dan siete minutos, no te miran el ciclo, no te preguntan cómo duermes, no relacionan tus síntomas entre sí y te mandan a casa con una receta o con una derivación para dentro de tres meses. La mutua te resuelve otros problemas pero no te está resolviendo esto.

La fisio: importantísima, y bien que haces en ir. Porque lo ves claro: algo duele, algo no funciona, el dolor es urgente y palpable. Eso no se discute ni se pospone.

El tinte, la depilación, el maquillaje, la crema antiedad. Hay una presión social brutal sobre cómo debes verte y lo has asumido como gasto estructural. La extraescolar de los niños: también. Sin discusión, sin consulta, sin que nadie pregunte si es buen momento.

Y encima de todo esto, tú tienes menos tiempo que nadie. Menos tiempo para ti, para pensar en ti, para atenderte. Tú vas corriendo de un sitio a otro gestionando la vida de todo el mundo mientras la tuya, la que ocurre dentro de tu cuerpo, espera siempre.

Y aquí viene la parte que más me duele de este trabajo

Me llaman mujeres agobiadas. Agotadas. Con años de síntomas sin explicación, con el ciclo hecho polvo, sin dormir, sin ovular, con digestiones rotas, con el cuerpo que no responde, sin entender qué les pasa. Mujeres que han encontrado en lo que hago exactamente lo que llevan tiempo buscando. Que se ilusionan. Que por primera vez sienten que alguien las va a ver.

Y entonces llega el mensaje.

"Me ha dicho mi pareja que tenemos mucho gasto este mes."

He visto esa decepción al otro lado de la pantalla demasiadas veces. Y cada vez me cuesta más no decir lo que pienso: ¿qué gasto? ¿El de quién?

Porque la mutua no se consulta. La extraescolar no se consulta. El tinte no se consulta. La cena del sábado no se consulta. Pero invertir puntualmente, una vez en tu vida, en entender qué le pasa a tu cuerpo, en dejar de ir a ciegas y sufrir síntomas que tienen solución, eso sí necesita aprobación.

Vivimos en la era del autocuidado. La palabra bienestar aparece en todas partes. Hay una industria entera construida sobre decirte que te cuides, que te priorices, que te pongas en primer lugar. Y aun así, cuando llega el momento de tomar una decisión real, concreta, con un coste y un retorno claros, aparece la culpa. O el "no es el momento". O el "ya veré". O la pareja con el Excel de los gastos del mes.

Eso no es un problema económico. Es un problema de cómo aprendiste a valorar lo que mereces. Y de cuánto espacio te han dejado ocupar en tu propia vida.

La fisio, la osteópata, la psicóloga: todos esos gastos están bien y tienen que seguir. Los haces porque el resultado es concreto y tangible, porque cuando algo duele no se discute ni se pospone.

Sin embargo, la entrenadora y yo tenemos algo en común: no atendemos una urgencia ni un dolor agudo, y precisamente por eso parecemos un lujo. Porque cuando no sabes lo que tienes, es difícil entender lo que necesitas.

Las mujeres que han dado el paso suelen comentar: "Ojalá hubiera empezado antes." No hago magia. Te miro con criterio clínico, contexto y tiempo, y las cosas cambian. Y eso, con todo el contenido gratuito del mundo, no se consigue.

Si algo de lo que has leído te ha sonado demasiado familiar, la pregunta no es si puedes permitírtelo. La pregunta es por qué sigues sin permitírtelo a ti.

¿Seguimos hablando?

Si reconoces tu historia en alguna parte de este artículo, hay un primer paso sin compromiso: una consulta de orientación de 30 minutos para entender qué está pasando en tu cuerpo y por dónde empezar.

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